Género Literario

Es una de las obras más conocidas y representadas del Siglo de Oro de la literatura española, a causa de su eficaz estructura, la fuerza de sus vigorosos caracteres (el orgulloso labrador Pedro Crespo, el no menos tozudo don Lope de Figueroa, héroe histórico de los Tercios de Flandes…) y su excelente versificación. Se encuadra dentro de la literatura barroca y se clasifica al mismo tiempo como comedia villanesca o de villanos y drama de honor. Trata de reflejar las preocupaciones de la Edad Moderna sobre la justicia y la dignidad del individuo, que emanan de Dios, contra el poder político y el fuero o jurisdicción militar. También se enfrentan el sentido del honor (individual y familiar) y la honra (social) estamentales de un hombre hecho a sí mismo como Pedro Crespo, que se toma la justicia por su mano cuando es nombrado alcalde y por tanto juez civil contra el esprit de corps del fuero militar o jurisdicción castrense,​ representado por Lope de Figueroa, Álvaro de Ataide y Rebolledo, y la decadente nobleza rural representada por el hidalgo pobre don Mendo. Lo cierto es que existía un edicto de 28 de junio de 1580 que condenaba a muerte a soldados violadores de mujeres, que aseguraba el castigo tanto por la jurisdicción civil como por la militar: lo que se condena en la obra es la humillación sangrante que sufre el pueblo por parte de la «tardanza de la justicia» shakespeariana. Por último, Pedro Crespo personifica la importancia social, económica y política del labrador rico del siglo XVII, como en otras comedias villanescas de la época (Peribáñez y el Comendador de Ocaña de Lope de Vega, entre otras) y el equilibrio social del poder en los municipios castellanos de entonces; se trata del único drama sobre honor campesino de Pedro Calderón de la Barca, y en eso resulta excepcional, pero en su estructura, situaciones y personajes está muy cerca de otra obra de Calderón, El Tuzaní de la Alpujarra, escrita con anterioridad y que en cierta medida prefigura ya El alcalde de Zalamea. En ambos casos aparece el tema de una otredad inasimilable, hay un ultraje a un vilano por parte de un miembro del ejército y se oponen dos mundos incompatibles; en ambas piezas se responde matando al ofensor, y en la última secuencia una autoridad superior (Juan de Austria en El Tuzaní, Felipe II en El alcalde de Zalamea) acaba por avalar la conducta del infractor, que queda perdonado. Entre primera y segunda jornada hay un intervalo de más o menos una semana; estos dos primeros actos están dedicados al asalto del capitán al honor de Crespo; el tercer acto transcurre doce días después, y en él tiene lugar la contraofensiva victoriosa de Crespo, que es nombrado alcalde de Zalamea y planea la restitución de su honor haciendo justicia contra el capitán. La estructura es muy sólida: enfrenta tensamente a dos grupos de personajes opuestos; por ejemplo, don Lope aparece en escena solo en cinco secuencias y teniendo como interlocutor en todas únicamente a Pedro Crespo: la relación es antagónica incluso físicamente, ya que el fiero y jurador don Lope es cojo, algo folclóricamente identificado con el diablo y los caracteres diabólicos, como observó Stefano Arata.​ Señala además Helmut Hatzfeld que «el oficial noble y el alcalde de la villa se hallan enfrentados rotundamente en cada relación, pero en el fondo se respetan mutuamente e iguales exigencias de su honra los juntan».​ Se ha criticado el ordenamiento de la pieza por escenas a la francesa que introdujo en su edición de la obra Juan Eugenio Hartzenbusch, quien incluso añadió acotaciones al texto que no aparecen en la obra de Calderón, mientras que el concepto espacio-temporal de cuadro era conocido y usado por Lope de Vega, como demostró José María Ruano de la Haza; sin embargo, Calderón se alejó de esa práctica y en El alcalde de Zalamea se dejó llevar más por la acción que por el espacio.